Revista ANPE Nacional nº 611
OPINIÓN 24 ANPE 611 Amables y a la vez hospitalarios, ofrecieron su ali- mento favorito a los hombres que Ulises había enviado a la playa para aprovisionarse. Los navegantes, apenas probaron el fruto deli- cioso, olvidaron a Ulises, a Ítaca, los sufri- mientos pasados y la tarea que tenían por delante. Solo deseaban fantasear y quedar- se tendidos e inconscientes plácidamente sobre la playa. Tengo la impresión de que la sociedad occi- dental, y en especial en España, vivimos como los lotófagos, en un presentismo permanente anes- tesiados por el consumismo, la hipertrofia informativa, la banalidad y superficialidad de los medios de comunicación y redes sociales. Hemos perdido contacto con la realidad: ya no importa tanto el ser, sino el aparecer en la pantalla. Este presentismo, este cierto adanismo social que nos inunda en el que parece que todo comienza y acaba en nuestros días y en nuestro entorno geográfico tiene una consecuencia: apenas se conoce el pasado y el futuro no se plantea; en cualquier caso, alguien se tendrá que encargar de solucionarlo, pero no nos corresponde a nosotros. Por su parte, la escuela actual es un reflejo de la sociedad y las clases un tambor de resonancia del clima social y cultu- ral. No es de extrañar por tanto que en las aulas se opte por el entretenimiento antes que por el esfuerzo; por la actualidad efímera más que por el conocimiento de nuestro pasado; existe una sobreabundancia de información, pocos conocimientos y a penas, sabiduría. Me preocupa una escuela en la que todos son responsables de todo excepto los alumnos, a los que, a base de facilitarles todo, les estamos ocultando lo que es la vida real, la responsabilidad que han de asumir, la reflexión serena, la con- templación de la belleza que tiene la vida. Sigo con el relato de la Odisea: Cuando Ulises, preocupado por la tardanza de sus hombres, bajó a buscarlos, ninguno de ellos quería volver y solo deseaban permanecer en ese estado somnoliento consumiendo la flor de loto. A pesar de los llantos y resistencias, fueron arrastrados por los remeros, quienes les ataron hasta que se le pasaron sus efectos. Gracias a inteligen- cia de Ulises y a su astucia y coraje pudieron seguir adelante librándose así de un estado psíquico placentero que les anulaba la inteligencia y la voluntad. Hoy la escuela, si no puede transformar la sociedad, al me- nos debería servir de dique de contención para que el clima de ensoñación, de ignorancia y apatía volitiva, en definitiva, de indiferencia, inunde las almas de nuestros jóvenes. Habrá que aguantar algún bostezo, alguna salida de tono, pero no podemos dejarles seguir dormitando plácidamente, antesala del aburrimiento vital que le impedirá disfrutar de la vida. La Escuela, a pesar de sus limitaciones –la educación hoy es más compleja que nunca y no cabe en los estrechos límites del aula–, cuenta con recursos muy importantes entre los cuales cabe destacar, además de los económicos, el currícu- lo y el profesorado. En estos momentos, debido al desarrollo le- gislativo está de máxima actualidad el cu- rrículo. No entraré en los pormenores del mismo porque no es el lugar. Sí quiero recordar que el currículo no debe ser una amalgama de contenidos inconexos que el alumno debe retener al menos hasta el co- rrespondiente examen. El currículo, más allá de definiciones legales, es el legado que debemos transmitir y que les corresponde a los retener al alumnos como beneficiarios. No podemos des- heredarlos en virtud de modas y corrientes pedagógicas. No olvidemos que la herencia cultural, en el caso del ser humano, es más importante que la herencia genética. El alto grado de desarrollo de nuestra sociedad occidental, no solo tecnológico, sino también cultural, social y moral tiene mucho que ver con nuestras raíces. Presuponer que todo empieza aquí y ahora es una forma de infantilismo social tan peligroso como lo es el infantilismo per- sonal de quien cree que todo comienza y termina en sí mismo. La técnica, la ciencia, el arte en sus variadas manifestaciones, el reconocimiento explícito de los derechos humanos y la misma democracia no son productos biológicos, sino un esfuerzo hu- mano sostenido y transmitido de generación en generación que ha costado mucho esfuerzo. A pesar de la somnolencia intelectual, es más necesario que nunca conocer y mantener vivas las raíces: saber quienes somos y lo que debemos transmitir. No se trata solo de las humanida- des sino de un modo de ser, tener y vivir que incluye las ciencias y la organización social. Nuestra cultura está asentada en unas raíces. Entre ellas está el valor de la verdad y la razón por enci- ma de la opinión, el respeto a la ley que está por encima de los intereses particulares, incluido los del gobernante, la justicia, la solidaridad etc., la democracia y, sobre todo, el respeto a la persona por encima de todas las cosas. Podemos añadir otros pilares, pero no olvidarnos de estos porque cuanto más grande es un árbol, más fuerte deben ser sus raíces para evitar que el viento y el agua lo derriben. Hemos perdido contacto con la realidad: ya no importa tanto el ser, sino el aparecer en la pantalla
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